Otoño
Se ha terminado el día, las luces del consultorio se apagan una a una, se silencia la música suave que no ha tenido descanso desde la mañana. Son las diez y cuarto. Es hora de ir a casa; las ideas revueltas y el cabello negro en su sitio. El trayecto es largo pero quieto. Al encender las luces de la camioneta, sólo se deja ver la penumbra de la calle solitaria; qué sola me siento ahora y, sin embargo, no tengo miedo ya, de sentirme así. Los primeros metros son de silencio absoluto, al iniciar la pendiente, comienzan los recuerdos a recorrer las copas de los pinos que enmarcan los carriles solitarios. Este camino tú me lo enseñaste, hace tantos inviernos. Ahora llueve suavemente y únicamente siento el aire fresco y tu voz cálida en torno a mis oídos. No te dejo ir, lo sé; soy egoísta, y es que, no he podido y tampoco he querido. No soy tan decidida en olvidarnos por completo, no deseo dejarte enredado en esta vialidad de noche y solo. Te llevo conmigo, así, nos hacemos compañ...