Sabor a limón

Fui la segunda hija de un matrimonio patriarcal (al principio de estas historias). 
Mi padre, la mayor parte del tiempo ausente, por el trabajo o por decisión propia. Hombre fuerte,  de rizos negros y piel morena. Sus ojos color miel dejaban salir cierta ternura cada vez que me tenía cerca. Secretamente siempre he sabido que soy su favorita. Pocas veces me ayudó a resolver labores de la escuela; pero las dos veces que lo hizo, fueron mis días favoritos con él. Siempre exigente, logró que me aprendiera estados y capitales; aún recuerdo ese día; una tenue luz amarilla al final de la sala, vislumbraba la figura masculina, y aún borroso mi complejo de Electra, enmarca la imagen en mi mente. Resuenan los estados, recitados en orden como si fuera una oración a un dios griego, con esa voz grave y mi emoción por el tiempo que mi padre me dedicaba; me hacía sentir importante, especial; ya que cuando él llegó a apoyar a mi hermana, le tenía poca paciencia y, ella por lo regular terminaba llorando. 
Mi madre, ama de casa, obsesiva por la limpieza y dedicada a la familia. Su cariño lo pulía en los pisos y lo mezclaba en las salsas del medio día. Lo tallaba y hacía relucir en las  tobilleras de la escuela y lo disolvía en el agua para la comida. Poco expresiva con palabras o frases, pocos abrazos o caricias; así aprendió a amar a los suyos y, así vivimos su amor. Entre pasteles para cumpleaños y limpiando el recipiente donde batía su cariño; sabor a limón de pastel casero; así sabía, así olía su amor.
Mi hermana, como toda hermana mayor; o más bien dicho, como pocas. La dejaron al cuidado de una bebé, porque mi padre, no le permitió a mi madre, mantenerme en su habitación nupcial. Así que mi hermana, me atendía de noche, me daba la mamila y me enseñó a rezar... aún rezo como ella me enseñó. Siempre me protegió, para ella, esa era su misión y la realizó con afán constante y amor; pero nací con el alma libre y muchas veces sentía ganas de estar sola y ausente. Así, que si había modo, me escabullía de sus cuidados, sin darle tiempo a perseguirme.
Así transcurrió mi niñez, en un ambiente con olor a caña de azúcar recién cortada y el calor intenso, hacían de aquel poblado, un lugar feliz para crecer. No hacía falta nada, cuando faltaba tanto.

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