Dieciocho de noviembre

Ayer por primera vez, había logrado escribir lo que pasó en realidad una mañana con Enrique. Las teclas se habían remojado entre la culpa y la adrenalina guardada después de más de siete años. La música de la computadora se estremeció ante la verdad sobre aquella mañana. Al terminar de escribir, después de un par de horas, lo revisaba; una y otra vez, releí lo oculto en mi mente y mi alma. Me temblaban las manos y mi mirada estaba perdida, recordando lo que había ocurrido en aquel blanco marfil de la habitación. De pronto, un error absurdo, borró de la pantalla lo que he querido que se borre de mi mente en tanto tiempo, y no se ha ido. Si tan sólo, de pronto, así pudiéramos borrar lo que nos incomoda o nos hace vulnerables ante los demás; la vida sería, quizá más fácil.
Enrique es alguien que no se puede borrar de una historia, ha permanecido a través de los años, las lluvias y las tormentas personales; muchas veces como un refugio cuando me siento sola; más bien como un ideal. Y otras tantas como un mal sueño.
Aquella mañana borrada, Enrique había llegado temprano. La casa olía a limpio, desde que había dejado a mis hijas en el colegio, logré poner los paños a trabajar, el cepillo y el limpiador pasaron por las rendijas,una y otra vez. Me encontró sentada en la barra de la cocina,  sonrió y se inclinó en cuclillas.
- Te amo- musitó.
Me tomó por la cintura y me abrazó fuertemente, recostándose sobre mis rodillas. Así se quedó por un buen rato. Qué le llevaba ese día a ser tan tierno?, no lo sé.
Entre la suavidad  y el calor de la respiración, se enmudecieron las voces que se susurraban al oído, uno del otro. Son secretos que se quedaron en nuestras memorias, secretos de amantes que se pierden y ya no vuelven más. Aquella mañana, era otra; y así la quería para mí sola. Deseaba  levantar las sábanas por los aires y dejarlo preso para que el instante no se evaporara. Pero en lugar de éso, sólo lo observé; recostada sobre mi brazo derecho, repasaba cada una de sus facciones relajadas y cálidas. Así, pasaron las horas, dulces y lentas.
Mi mente guardaba los segundos en algún archivo en particular; pero de pronto, entró el sentido de posesión y mi boca preguntó:
- ¿Cuándo le dirás sobre nosotros?
Molesto e inquieto, rompió su mirada amorosa y mostró,  ésa, que no me agradaba sentir.
- El dieciocho de noviembre-
Se levantó y guardó sus cosas en la maleta que traía consigo, sin reparar en cómo las doblaba o si las acomodaba en orden, cerró de golpe el cierre y bajó las escaleras. Sin darme tiempo a explicar el porqué de mi desesperación.
Estaba harta!, harta de no verle, de no poder saber el absurdo más grande de la infidelidad. Me era infiel con ella?, qué estupidez!
Bajé corriendo las escaleras y le pregunté una vez más:
- ¿Cuándo?, porque el dieciocho es esta semana.
Su ira creció en proporciones monumentales y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me miró y no dijo una palabra; con los labios apretados y la exasperación en sus puños, se dio la media vuelta y se fue.
Sentí que mis piernas se desmoronaban, me recargué en el muro de la sala y llegué hasta el piso, abracé mis rodillas y las apreté fuere contra mi pecho. Mi cabeza estaba dentro de mis brazos, y lloré, lloré de soledad.
Aquella mañana, había pensado que quizá, sería una especie de respiro a tanto hastío, pero la complejidad de una infidelidad mal entendida, no permite sólo vivirla como llega; siempre se quiere más.
Pasaron varios días sin saber de Enrique y mis nervios no resistían más. Durante el día, trataba de ser productiva y atender la empresa que habíamos comenzado con Braulio, sin embargo; la depresión hacía de aquellas labores, algo titánico. Cuando recién se dormían mis hijas, las piezas que lograba ensamblar en mi rompecabezas, se convertían en cenizas. Los mensajes no tenían respuesta.
Sin quererme dar cuenta, cuando la irrealidad se hacía añicos, la vida real también. La empresa estaba en números rojos y tendríamos que abandonar aquella casona que resguardaba nuestra locura. En mi corto juicio, trataba de hacer cuentas y cuando menos lo preví, me citaron en el colegio de las niñas. La Madre superiora, me informaba que se adeudaban varios meses de colegiatura, a lo que yo respondí que Braulio había dejado becas para ellas. Detrás de sus pequeños lentecillos, la Madre revisó y comentó:
- No hay beca alguna que ampare lo que usted me comenta-
No pude pronunciar palabra, ya no quedaba más que decir; sólo que me tuviera paciencia para pagar lo pendiente.
Al salir de la oficina, maqué inmediatamente a Braulio; como imaginé no me resolvió el problema. Ya que como enviaba cierta cantidad de dinero, lo demás, él consideraba no era su responsabilidad. Estaba batida de fango hasta la profundidad de mi alma, no pude reclamar nada, no me quedaban ánimos.
Todo estaba devastado por la culpa y la soledad. No tenía idea por dónde comenzar, ni nadie con quien continuar.

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