Dejando al ayer sin alas
¿A qué le sabe la libertad a Julia Eskarra?
Le sabe a gloria cuando corre, cuando a bocanadas entra el aire por su boca y despeina sus largos cabellos. A triunfo cuando subió al puente peatonal y observó la totalidad de una nueva ciudad para ella sola, a frutos cuando besa una boca llena de tranquilidad y espera por ella. Le sabe a esplendor interno, a luz entre las sombras, a soledad con ella.
La libertad le había aguardado durante muchos ayeres, la esperó a que se diera cuenta por sí sola, lo que en realidad la necesitaba para poder continuar su rumbo. Desde niña Julia fue un ser libre, lleno de ganas de correr, volar y nadar aunque no supiera. Aborrecía la idea de que alguien, quien fuera la sujetara de las manos, que le preguntara qué haría, que pensaba. Siempre volaba en su mente, sus pensamientos le daban la libertad que ella necesitaba como la droga mágica de su existir.
Retomarla después de tantos años, le está costando las batallas que no tenía contemplado enfrentar. Desencuentros con ella misma, desacuerdos con su familia. Su reflejo le cuestiona a cada instante si es necesario querer volar lejos, desear sentir una nueva piel, besar nuevos labios y disfrutar nuevas caricias. Su familia, no comprende la necesidad imperante de una mente y un cuerpo que se olvidó de sí misma. Sus conflictos internos deberían ser suficientes, y no atribuirle más a la espera de horizontes nuevos.
La libertad de sentir y pensar es dominante, ha adormecido la idea de ser quien fue tantos años. Pero presentarse con la versión real de ser humano al mundo, no siempre resulta sencillo. Los seres humanos aletargados por la rutina, vislumbran esta nueva versión como una amenaza a su tranquilidad, la quieren acallar bajo las miradas llenas de dudas y reproches. Pero Julia no estaba dispuesta a entregar sus alas a nadie, a no dar explicaciones de sus actos a nadie, a no sentirse culpable por nada y a disfrutar cada instante de su vida.
Había noches tormentosas dentro de esa libertad; aquellas noches donde aparecía la figura segura de Braulio, su rostro y sus manos tranquilizadoras. Aquellas que deseaba por las noches de soledad. Las lágrimas aparecían, entonces. Rodaban de diferentes maneras, unas vestidas de nostalgia y otras de desamparo. Hasta que un buen día, logró reconocer a un par que no había visto hace mucho. Ya no estaba enojada con Braulio por su condición y no poder estar con él, ahora estaba triste; se percató de una verdad que no quería consigo, lo quería tanto, que le dolía la inexistencia de la perfección del hombre fuera de su vida. Braulio era todo aquello que había pedido al Universo, todo, menos un pequeño detalle. Uno, con el que trató de ponerse de acuerdo y vivir más de cuatro tormentosos años y no logró. Éso que no podía integrar en su relación. Qué dolorosa estaban siendo aquella verdad. Deseaba meterla detrás de los muebles, abajo de la tierra; pero ella se paseaba desnuda por las ventanas y se reía a carcajadas. Querer vivir con alguien por el resto de tus días, observar que su vida transita paralela a la tuya, es por demás un albur de la vida.
Aquella mañana lluviosa de febrero, llegó Braulio. La observó detenidamente y notó sus ojos hinchados de llorar. La abrazó por primera vez en varios meses y ella sollozó nuevamente. Como era costumbre, él sólo la apretó contra su pecho y susurró:
- Todo va a estar bien.-
Ella, por su parte, se retiró suavemente y pronunció la realidad:
- ¿Sabes que ya no estoy enojada contigo?, ahora me doy cuenta cuánto me duele quererte tanto y que no podamos estar juntos nunca más. Buscar en otras personas lo que tenía contigo, prescindir de tus recuerdos y de la añoranza de lo que nunca sucederá. Pero ambos sabemos que esta ausencia es lo mejor para todos.
Sentados en la escalera de su antiguo hogar, los silencios llegaron y sus manos tomadas una contra la otra. Callados, sin nada más que decir, porque ya no queda nada que decir, nada por hacer, nada que rescatar, sólo un continuar cada uno su camino.
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