Un poco más de nada
Sentado, sus piernas cruzadas en ángulo de cuarenta y cinco grados. Sus piernas gruesas y rodilla sobresaliente. Tomando con las palmas de sus manos su rodilla derecha. Sus piernas siempre le habían llamado la atención, si se hubiera dado el caso, dentro de aquel espacio con olor a aserrín; quizá las hubiera tocado, apretado con fuerza para sentir sus músculos con sus dedos. Pero no fue la ocasión, ni nunca más lo fue.
Las pocas ocasiones que pudo atreverse a tocarle de manera súbita, no pudo hacerlo sin pena. Siempre le impuso su presencia. Aunque la presencia hubiese sido en su mente y pocos años en la realidad, nunca terminó por acostumbrarse a sentirlo suyo. Enrique nunca lo fue. Siempre fue etéreo, ausente; un verdadero fantasma. Ella lo vio inalcansable, lejos de ella. La idealización de un ser humano es sin duda, el peligro más grande que se corre. Es tan complejo el amar y mantener en un pedestal a quien se ama. Cómo se ama a quien no se tiene?
Su cuerpo en aquél momento; de tarde fría de un último día del año; tenía el impulso de saltar sobre él, tocarlo suavemente, recorrer su tibio cuerpo y desnudarse sin tapujos frente a él. Sonar en su dispositivo aquella canción de su banda favorita The Cure, mientras desabotonaba lentamente los primeros botones de su abrigo de lana color gris, deslizando la larga cremallera del mismo. Hubiera querido sólo haber portado bajo ese pesado atuendo sólo uno de sus baby doll de encaje negro; aquel que dejaba ver descaradamente sus senos para quien estuviera frente a ella. Pero no, portaba bajo ese abrigo de capucha invernal, una playera de cuello v en tono blanco, un sostén de copas acojinadas y con sutil encaje alrededor de su cuerpo.
Si tan sólo hubiera tenido más valor....
No estaría sentada en este lúgubre espacio. Estaría encerrada en la inmensidad de la nada, en la sombra de la soledad, en la perdición del amor.
Porque desearlo siempre representó perderme a mí misma
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