Sécate las lágrimas
Julia ha sentido este silencio como un castigo, como un exilio de su propia existencia. Tiene que dejar de sentir, de querer hablar más. Ha cerrado las puertas a las palabras en varias ocasiones con la esperanza de que éso le haga sentir tranquila, feliz con la decisión; sin embargo, sólo deja de lado lo que su alma anhela, deja en aquella puertita cerrada las ganas, la ternura de decir algunas palabras. Pero tampoco es posible que sean escuchadas, entonces para qué se dicen, para qué se escriben si se quedan atascadas en las teclas de la computadora, en la garganta... en la espera de un hola, de un aquí he estado siempre. Éso no existe en ningún espacio de este sistema, no llegaron en tantos años de escritura, de sentir.
Hoy Julia, leyendo por la mañana, tratando de evadir una sensación que hace mucho no veía venir; ha cerrado el libro, tomado la taza de café y entre el vapor de la bebida y la nada; el ceño se ha fruncido y las lágrimas han corrido sin reparo. No logro entender porqué llora, para ser sincera; últimamente lo ha hecho más que de costumbre. La separación que tuvo en meses pasados de su trabajo que tantos años sostuvo por costumbre o un bienestar fingido, le ha llevado a llorar a solas varias veces. No sabemos qué pasa, si es la soledad, la falta de rutina o la incertidumbre. Sin embargo, las lágrimas de esta mañana tienen otro color, un tono trasparente plagado de brillos suaves escondidos entre las partículas de sal. No logro entender qué llora, que extraña, a dónde quiere ir... si ni siquiera quiere pararse de donde está.
Se hace tarde Julia, sécate las lágrimas y ordena tu tarde llena de citas en el consultorio en tonos rosados y lambrin que resguarda tu pasado.
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