Tras la enredadera

 Hay sitios que Julia no elige, caminos que decide olvidar y que las enredaderas crezcan sin cuidado tapando senderos que duelen, con tal de no reconocer y tener esta sensación en el vientre, esta sensación de no querer volver a ver, oler, sentir, pensar a Paulo. Decidí irme definitivamente de esos espacios, de esos pasillos donde encontrarlo entre las risas y el Sol era ya una exploración hacia el coraje con él, conmigo. Dolor de nuevamente decidir dejar a quien no siente, no piensa.

Julia había evitado a toda costa escribir al respecto. Pero asomó la cabeza sólo un poco, la mirada curiosa entre las ramas y, ahí estaba; sonriente, tranquilo en una fotografía grupal. Había pasado de lado por los recuerdos de lo que decidió dar por terminado el último invierno en ese trabajo, pero la curiosidad no perdona muchas veces. Y ahí estaba, con ese traje ajustado y la barba alineada a sus 38 años y Julia, se muerde el labio inferior, conteniendo alguna frase, un respiro profundo que no debe dejar escapar en esta nueva vida. 

Con lágrimas en los ojos, acomoda las ramas secas y flores marchitas de la enredadera de su ayer; con algunos rasguños se queda quieta por un instante; cierra los ojos y da la vuelta.

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