Me encuentro aquí sentada, e este sillón individual, en espera de la siguiente cita. Pienso que tanto frío hace en este último día de marzo. Se está oscureciendo el día y con el atardecer se escapa mi esperanza de un martes. Un martes tal, un partes que me susurro al oído las ganas que tenía de saberte, de escucharte como algún día lo hice. Sin embargo, no sabemos dónde estás, comienzo al olvidar detalles de tus palabras, de tu lengua detenida por alguna palabra, mientras mirabas mis ojos. Comienzo a sentirme sola de tus recuerdos, llena de tu estruendoso silencio.
Qué difícil haces olvidarte, llevo muchos días, muchos meses… mucho tiempo queriendo no pensarte, no sentirte. Tus manos ásperas aún sostienen mis manos mientras sueño contigo; me tocan lentamente al momento que susurras secretos, me quedo callada esperando que tu respiración deje entre la noche un recuerdo que nombrar cuando despierte. Te aferras a mi cuerpo segundo a segundo, me brindas calor y la certeza que necesito; de que esta vez, no te irás. Las horas pasan entre el sueño y el espacio se detiene para nosotros, se ha portado intangible, se ha sostenido para que nuestros besos se sientan traspasando la dimensión cuando el Sol aparezca tras los árboles. Nos da la oportunidad de aquí amarnos, detiene todo para tocarnos. Has venido como tantas noches, sólo a recordarme que no te has ido, para decirme que no nos hemos olvidado. Un te amo, se sostiene entonces en tus resecos labios y entonces los beso. Al paso del tic tac, sólo despierto. Te has ido, nuevamente...
He estado por más de tres meses, aquí en silencio, sólo observando las grandes ramas de los árboles moverse en este raro mes de marzo. No hay ese Sol que encandila, no hay esos días que me llevan lejos de aquí. Estoy detenida, sintiendo las gotas delicadas de lluvia sobre mis manos mientras les pongo alimento a las ardillitas que pasean por mi casa y tiran su comedero cada mañana. Deseo dejar los sueños entre los huecos que han hecho esos pequeños animalitos, ya no verte en ellos, no escuchar tu voz suave al hablarme; porque en realidad me pone triste que decidas aún no comunicarte conmigo, como si fuera un ave de rapiña que lastima tu piel, como si fuera un fastuoso tornado que arrasa con tu ser. Pero estoy tan callada que me duele la garganta, tan inmóvil que se estrujan mis oídos. Pero aquí sigo, tengo cuarenta y ocho y no te olvido.
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